Que vuelvan las naranjas

Afuera ese cielo gris, y esas grandes gotas que bañaban las ventanas del ómnibus al que subí esta siesta me generaron un escenario que me trae recuerdos de infancia, es que el clima colabora para con la nostalgia.

Inmortalicé entonces esas manos gastadas por el tiempo que con sublime talento pelaban las naranjas y los dedos valientes de esa mujer que estando sentadita en una esquina de las gradas observando el juego entre cítrico y cítrico, trabajaban como vendedora del fruto fresco.

Al culminar el partido, se levantaba la abuela, salía del estadio con la canasta vacía y el bolsito lleno de monedas, tomaba camino a su casa con la tranquilidad de haber cumplido la meta del día. Más naranjas vendidas, más alimentación saludable era el silogismo que se traducía en un, "avy´a che memby, ho´u kuaa lo mitã la ihea", (estoy contenta hijo, se alimentan rico los chicos).

Luego, saqué el celular y leí a un amigo reflexionar: "El fútbol no es mas que el reflejo de la sociedad", y mi deseo de volver a ver las naranjas en las canchas se fueron esfumando de a poquito.

Mucho más cuando recordé que por la mañana escuché por radio la designación del ministro de educación nuevo, se me fueron mezclando las cosas en la cabeza y conmemoré como aquel 1 de agosto del 2004 se había suspendido sobre la hora toda la fecha futbolera, era demasiado irresponsable darle paso a la alegría en la casa cuando en el patio se estaba cayendo todo.

Entonces volví a las naranjas, y sentí su aroma, su sabor, esas formas circulares de textura porosa e imaginé la manera en que la teoría de Newton sobre la gravedad ejercería su verdad e impactaría con una fuerza tal sobre los árbitros que a nuestro deporte les tocan hoy.

Considero una lástima lo sobrefacturado que está cualquier cosa que uno quisiera consumir hoy cuando va a ver un partido de fútbol, considero una verdadera lástima que ya no se pueda ingresar con un bol lleno de sandwichitos para compartirlos con los amigos en el entretiempo, ni hablar del tereré.

Pero más siento nunca más haber visto a aquella señora de los frutos agridulces que le daban un paladar distinto a los descansos, una luchadora que ejercía su rol único antes de la entrada masiva de las gaseosas.

Todo, pero todo por culpa de esa educación que como sociedad tenemos y profesamos, una basada en el autoritarismo y la mediocridad, la violencia y la poca lectura. Esa educación que hoy hace que las chipas y las botellas también se conviertan en proyectiles, o cualquier cosa que esté al alcance por no saber de la tolerancia y el respeto.    

A la sazón bajé del bus en una esquina del centro en donde no existía una parada establecida, vi unos carteles mojados, los mismos habían sido puestos por los estudiantes que protagonizaron las últimas movilizaciones, la tinta chorreada les borraba los sueños y reconocí que después de hoy, más que nunca, está difícil que vuelvan las naranjas.