Reportajes Especiales miércoles 13 de abril de 2016

Un año sin su "Majestad del Fútbol a Sol y Sombra"

El fútbol sin la literatura es como el fútbol sin la música, situación impensada por quienes viven la vida a tal intensidad como para apreciar semejante combinación de las artes.

Por Pedro Lezcano - @Lezkape

No son muchos los escritores que le han dedicado unas líneas al mejor deporte del mundo, considerado por muchos intelectuales hasta pseudomarxistas, "como el opio del pueblo".

Sin embargo ninguno contaba con que en el seno de una familia de clase alta montevideana, en 1940, un pequeño niño travieso a quien llamarían Eduardo, nacería y crecería para ver a la selección de su país dar "el Maracanazo" diez años más tarde.

Para huir de la escuela e ir a jugar un picadito en la canchita de la plaza, la misma en que tiempo después paraba a leer uno de sus libros favoritos, lugar por donde pasaba horas de la noche luego de un Nacional, del que era hincha, ante un Peñarol jugado a las más altas revoluciones.

Partido que él miraba y aunque odiaba a los rivales, aplaudía sus habilidades.

El balompié y la literatura van de la mano, por las historias que provocan, por las mismas que nadie más supo contar mejor que Galeano, combinando documental con ficción, periodismo con análisis político e historia en "Su majestad el fútbol" (1968) y "El Fútbol a Sol y Sombra" (1995).

El mismo confesó alguna vez que como todos quiso ser jugador de fútbol. "Yo jugaba muy bien, era una maravilla, pero solo de noche mientras dormía, durante el día era el peor pata de palo que se ha visto" afirmaba con jocosidad en una más de las mil y un entrevistas que supo dar.

Como muchos, Eduardo Galeano era un méndigo más del buen fútbol, de esos que sombrero en mano suplica una linda jugadita por el amor de Dios y que cuando el buen fútbol ocurre agradece sin importar cuál es el club o el país que lo ofrece.

Un hombre que en su juventud trabajó como obrero de fábrica, dibujante, pintor, mensajero, mecanógrafo y cajero de banco, para a una vez fuera del laburo ponerse a escribir, producir tantas historias como le fuera posible o crear su "Memorias del fuego".

Pero el mismo también vivió para ver jugar a Garrincha y Pelé, admirar a Maradona, embelesarse con Romario, recordarnos que en 1934 en plena Guerra del Chaco, la Cruz Roja paraguaya formó un equipo para recaudar dinero destinado a la atención de los heridos.

Vivió también para definir el gol como un orgasmo, al fanático como un loco, al ídolo como alguien a quien un buen día la diosa del viento beso los pies, y al fútbol como el mejor negocio del mundo, vivió para ver a Messi, Neymar o al Mariscal Cabañas.

Describir algo hermoso con tanta dureza a la vez "El fútbol profesional condena lo que es inútil, y es inútil lo que no es rentable... Por suerte todavía aparece en las canchas, aunque sea muy de vez en cuando, algún descarado carasucia que sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival, y al juez, y al público de las tribunas por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad".

Crítico y polémico como él solo que en noviembre del 2008, dijo sobre la victoria de Barack Obama que la Casa Blanca fue construida por "esclavos negros". Y que le gustaría y esperaba que él nunca lo olvide.

Un 10 de la pluma que supo describir mejor que nadie a los mejores jugadores del mundo como al "Saltarín Rojo", el "paraguayo de oro".

"Él tenía, escondidos en el cuerpo, resortes secretos. Saltaba el muy brujo, sin tomar impulso, y su cabeza llegaba siempre más alto que las manos del arquero, y cuando más dormidas parecían sus piernas, con más fuerza descargaban de pronto latigazos al gol. Con frecuencia, Erico azotaba de taquito. No hubo taco más certero en la historia del fútbol".

Este miércoles se cumple un año de su desaparición física, a los 74 años, a causa de un cáncer de pulmón que padecía desde el 2007 y que lo había obligado a reducir sus apariciones públicas, a pesar de lo cual siguió participando en diferentes eventos.

Un periodista con todas letras que supo llevarse el premio Stig Dagerman, considerado como uno de los más destacados artistas de la literatura latinoamericana y que sufrió tanto como los uruguayos la mordida de Suárez en el último mundial jugado en un suelo que vive sin poder cerrar sus venas.